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"El apartamento" o la Isla Inocencia en el Mar de los Granujas


Editorial - Fuente: Alejandro Oya - 17/05/2020
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Billy Wilder siempre seguía una norma compartida por grandes maestros del séptimo arte como Cecil B. DeMille y Alfred Hitchcock: no aburras al público. Tanto si la historia que narras es un drama intimista, una cinta de suspense, una comedia alocada o una sátira política, el público ha de olvidarse de sus propios problemas y preocuparse durante dos horas por los de los protagonistas de tu película. O reírse de los embrollos en los que se meten, por muy lamentables que parezcan. Esa es la receta gracias a la cual sus películas conservan el delicioso aroma que siguen desprendiendo sus visionados más de medio siglo después. ¿Pero qué ingredientes utilizaba? ¿Cuándo debía añadir más especias a los diálogos? ¿A qué temperatura debía dejar cocer una escena clave y cuánto tiempo? Hoy tomaremos algunos de sus ingredientes favoritos, releeremos los pasos importantes de la receta y escudriñaremos el motivo por el que, después de tantísimos años, la película que tomaremos como ejemplo sigue siendo una de las más completas y admiradas del cine: “El apartamento” (“The apartment”, Billy Wilder, 1960).


CAPÍTULO I: ENTRE GRANUJAS ANDA EL JUEGO

Debemos ponernos en antecedentes para comprender las experiencias que granjearon a nuestro guionista y director varios de los temas que tratará, retratará y deformará en sus obras. Wilder huyó de Europa cuando Hitler tomó el poder en 1933, puesto que su familia tenía sangre judía. Solo él logró escapar del Viejo Continente. Su familia fue deportada y falleció en distintos campos de concentración. Su condición de inmigrante, artista y extranjero le podría haber granjeado algunos problemas, pero en aquel éxodo le acompañaban otros cineastas y artistas fugitivos, como el director Ernst Lubitsch y la actriz Marlene Dietrich. Con el primero trabajó como guionista adjunto en “Ninotchka”, y a la segunda le concedería uno de sus papeles más recordados en “Testigo de cargo” (“Witness for the prosecution”, 1957).

Billy Wilder no estudió cine. Empezó como periodista deportivo y sensacionalista en su tierra natal, Austria. En aquel oficio aprendió a escribir acerca de los asuntos más escabrosos que pudiera encontrar, a veces contra su voluntad. En ocasiones, el granuja podía ser el foco de la noticia o el redactor. Él mismo era un pequeño bribón que hacía cuanto estaba en su mano para salirse con la suya, un pícaro capaz de llevarse la mejor parte del pastel. Estas habilidades sociales fueron muy decisivas en su carrera como director, sobre todo en los primeros años, cuando solo ejercía como guionista en los estudios Paramount. Precisamente, el ambiente de trabajo que se vivía en cualquier estudio de la época dorada de Hollywood, se parece al que vive el señor Calvin Clifford Baxter, interpretado por Jack Lemmon, en “El apartamento”. El pequeño artista/trabajador es explotado por una empresa que no se preocupa tanto del producto como de la productividad y no vacila en recurrir al chantaje, la falacia y el engaño para conseguir sus propósitos.

Ahora que conocemos un poco al director, centrémonos en los personajes de su comedia humana. Baxter es un pequeño empleado, un calzonazos que no levanta cabeza, un “pobre diablo de la oficina” en palabras del señor Kirkeby (David Lewis), que se convierte en víctima de su propia sumisión y el dilema en el que se encuentra: 4 jefes de departamento le tienen a su merced, conscientes de que pueden pedirle la llave de su apartamento cuando ellos deseen y satisfacer sus propias ambiciones, apetitos sexuales y placebos conyugales. A cambio, le prometen un ascenso en la empresa. Un favor propicio según ellos, y un abuso de poder según Baxter. Menuda encrucijada: si niega el apartamento a sus superiores, se queda sin ascenso y tal vez sin empleo. Si sigue comportándose como un autómata cada vez que le pidan su hogar para realizar fiestas y reuniones extramatrimoniales, seguirá degradándose hasta límites inhumanos. A pesar de la mala praxis, Baxter termina accediendo a todas las vejaciones a las que le someten sus superiores. El pobre no es más que la pieza de un engranaje que mueve una máquina gigante, como esos guionistas que viven bajo el dominio de las productoras, realizando trabajos arduos cuyos jefes ni siquiera valoran.

Casi todos los personajes de esta historia son egoístas: Baxter solo quiere ascender en la empresa, aunque él mismo sea una víctima de su propia ambición. El señor Sheldrake (Fred MacMurray), director de la sucursal, infeliz con su matrimonio, cambia de amante cada cierto tiempo y no siente remordimientos por ninguna mujer a la que abandona. Los señores Dobisch, Kirkeby, Eichelberger y Vanderhoff son peces gordos de una empresa en la que se sienten seguros; de modo que se dedican a vivir de lo lindo como mejor saben: ejerciendo su poder y autoridad. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve el poder si no te permite divertirte un poco? Ese es el tema principal de la película: las ambiciones de los hombres y la deshumanización que conllevan en una sociedad capitalista.

Pasemos ahora a hablar de los dos personajes cuya inocencia pesa más en la balanza. ¿Qué podemos decir acerca de Fran Kubelik (Shirley MacLaine), la bella ascensorista por la que compiten Baxter y Sheldrake? Se trata de una persona frágil e indecisa, consciente de la situación en que la coloca el ser la amante de un magnate casado. A pesar de los vaivenes de Sheldrake y su poca fortaleza emocional, Kubelik no se decide entre abandonar a su amante o darle una oportunidad al hombre del que está enamorada. Porque si hay un personaje que sabe lo difícil que es amar, es ella. La inocencia es una presa fácil en un mundo donde solo hay sitio para ególatras, maquinadores y sinvergüenzas. Después de nuestra querida ascensorista, el único personaje con cierta autoridad y voluntad altruista es el doctor Dreyffus (Jack Kruschen), vecino de Baxter que le dará varios consejos y advertencias acerca del rumbo por el que conduce su vida. Su propia profesión, sostenida por el juramento hipocrático de cuidar a los enfermos y no hacer nunca daño, le convertirá en el salvador de Kubleik cuando ella se encuentre al borde de la muerte. Baxter es quien la encuentra, pero de no ser por el doctor, ella no habría sobrevivido. En Dreyffus podemos apreciar varios valores que los demás hombres no comparten: lleva años felizmente casado con su mujer Mildred, ejerce su trabajo con la mayor profesionalidad, conoce bien a la gente de su alrededor y no vacila en ofrecer su ayuda a un vecino en apuros. Es más: sin él, todo el asunto habría terminado en tragedia. Es el personaje secundario que aparece solo en momentos puntuales pero cuya presencia es imprescindible para que la historia termine bien.

La mayor lección que aprendemos del guion de esta gran película es la que encontraréis en cualquier manual para guionistas: “debes conocer a tus personajes y su mundo como si fueses Dios”. Una vez lo haces, comienzas a encontrar sus deseos, puntos débiles y conflictos. A partir de ahí, todo es un juego con sus libertades y sus reglas.


CAPÍTULO II: DECONSTRUIR PARA CONSTRUIR

Los guiones de Wilder, en especial los que escribió junto a I. A. L. Diamond, son cascadas de diálogos encadenados, movimientos ligeros, lecturas escondidas, miradas críticas, momentos álgidos y transiciones importantes. Uno de los aciertos de sus guiones es que condensan diferentes momentos dramáticos en una sola escena. Tomemos la primera escena de la secuencia del 24 de diciembre. Comenzamos con una fiesta en la oficina en la que nos encontramos con un panorama que jamás hemos visto: todos los trabajadores se lo pasan en grande, ríen, beben, cantan, flirtean… Es una explosión de felicidad inaudita en un mundo tan gris. Baxter y Kubelik se encuentran y tratan de pasar un buen rato, especialmente él, que sigue enamorado de ella. La felicidad dura poco para nuestra querida Fran, quien conoce, por boca de una secretaria, la carrera de Casanova de Sheldrake y el fin que han sufrido todas sus conquistas. Mientras Baxter sigue hablando con ella sin percatarse del dolor que apenas puede ocultar en sus ojos, descubre a su vez, gracias a un pequeño “macguffin”, que la mujer de la que está enamorado es la amante de Sheldrake. Todo resulta más doloroso si pensamos que ninguno se da cuenta de lo que el otro siente por dentro. La escena comienza con una fiesta multitudinaria y termina con dos corazones rotos. Pero la fiesta no ha terminado para los demás.

Fijémonos ahora en una de mis escenas favoritas. Así comienza la escena de la entrevista de Baxter con Sheldrake, cerca del fin del primer acto. Comienza con una expectante introducción en la que salen a la luz las virtudes de Baxter transmitidas por los 4 jefes de departamento. Sheldrake sabe que hay gato encerrado y empuja a Baxter a la confesión. Éste, acorralado, no tiene más remedio que explicar el asunto de la llave, cómo comenzó todo y los quebraderos de cabeza que le provoca. En el ecuador de la escena, cuando pensamos que las cosas no pueden ir a peor y nos preguntamos cómo terminará, damos un vuelco de 180 grados. Tras recibir una llamada de su esposa, Sheldrake convierte a Baxter en su confidente, le hace saber sus intenciones ocultas y le pide la llave de su apartamento a cambio de un ascenso asegurado. Baxter, perplejo por la sorpresa, no tiene más remedio que añadir un socio más a su “club privado”. Empezamos la escena con ansia por saber lo que pasará y la terminamos con un regusto agridulce: no sabemos si reír por la cruel ironía o entristecernos por la nueva carga que Baxter tendrá que soportar. Y todo esto en una escena con solo 2 personajes, 5 minutos de duración y más de 600 palabras de diálogo.

Los guiones de Wilder están escritos con mucho tacto y más inteligencia. Él pertenecía al grupo de directores que sabían que bastaba un buen guion y buenos actores para conseguir una buena película. Un acierto que tenía era que no encasillaba sus películas dentro de un único género. Aunque es cierto que tanteó el cine negro con “Perdición” (“Double indemnity”, 1947, primera colaboración con Fred MacMurray), el cine bélico con “Traidor en el infierno” (“Stalag 17”, 1953) y el melodrama con “El crepúsculo de los dioses” (“Sunset Boulevard”, 1950), el género en el que se desenvolvía más allá de sus propios límites fue la comedia. Pero las suyas no eran comedias al uso. Sabían hacer reír, reflexionar, sentir compasión, burlarse de la propaganda política y criticar los aspectos más sórdidos de la sociedad americana.

Desde la antigua Grecia y la “commedia dell’arte”, el género de la comedia ha sido el mejor para ilustrar el lado más canalla de la humanidad, no porque a los espectadores les guste verse reflejados (que también), sino porque ha sido una de las mejores expresiones catárticas de sus penas, menos dolorosa que la tragedia. En la tragedia se suele dar más importancia al “por qué” y al “cómo”, mientras que en la comedia importa más el “durante”. Me explicaré: mientras que la tragedia presta más atención a los motivos que tenían los personajes para cometer los actos que los condujeron a su perdición y de qué manera, la comedia analiza el transcurso de los personajes durante su viaje y sus vicisitudes. Algunos pasan por un viaje que les transforma, otros no cambian porque desde el principio saben lo que quieren conseguir.

No recuerdo el nombre del académico, investigador o escritor que la definió así: “comedia = tragedia + tiempo”. Las enseñanzas de Sócrates fueron parodiadas, exageradas y demacradas en “Las nubes” del comediógrafo Aristófanes. Carlo Goldoni reunió las tramas más típicas de las comedias de enredo con un enfoque desmitificador en “La posadera”. Del mismo modo, en “El apartamento”, Wilder deforma la figura del trabajador con ilusiones que trabaja muy duro para ascender en la sociedad. La historia es triste, pero está contada mediante unos diálogos ingeniosos y vibrantes, una dosis de azúcar para que la píldora pase mejor. Es un drama revestido con los ropajes de la comedia.

El tema de la obra y el subtexto del guion son importantes para componer una buena historia con personajes interesantes, pero lo que hace memorable a muchas películas es la suma correcta de los diversos elementos que forman parte de la trama. Baxter sufre altibajos a lo largo de la historia, pero no es hasta el final de todo que decide tomar las riendas y enfrentarse a quienes abusan de él. Volviendo a “La posadera”, una de las escenas más memorables es aquella en que va a comenzar un duelo entre el conde y el marqués, y descubrimos que éste lleva la espada rota. La ha llevado encima todo el tiempo, envainada, el público sabía que la emplearía; pero cuando llega el momento, no puede. Este uso de la desilusión es bueno en una obra que pretende criticar o burlarse del género, pero hay que saber cuándo se debe emplear.

Toda acción, transición o cambio de objetivo deben resultar armónicos. Cada elemento debe ser presentado y empleado en su justo momento para que la trama avance gracias a los personajes, las acciones, los catalizadores y, por nombrar un término muy empleado en cine, el “macguffin”, el elemento u objeto sin valor que resulta importante en un punto de la historia. Que el vecino de Baxter sea médico no es lo que se conoce como “macguffin”, como sí lo es la llave del lavabo privado de los jefes de departamento, el espejito roto de Kubelik o los agujeros del contrabajo de otra de las obras maestras de Wilder, “Con faldas y a lo loco” (“Some like it hot”, 1959). En cambio, el doctor Dreyffus sí es un buen ejemplo de personaje con un papel irremplazable dentro de la historia. En otras palabras, queridos guionistas: no pongáis un médico en una historia si no lo vais a necesitar en un momento clave. O citando a Antón Chéjov: “no pongas una escopeta cargada en tu historia a menos que alguien vaya a dispararla”. Billy Wilder e I. A. L. Diamond lo entendían muy bien.


CAPÍTULO III: WEST 67TH STREET, 2A

Una vez analizada la película, cerremos el círculo sobre el valor de un buen guion para hacer una buena película. Hemos visto el subtexto que yace bajo los diálogos y los personajes, descubierto ciertos recursos narrativos cinematográficos e insistido en el estudio de los personajes. Ahora, concluiremos acerca del legado que nos ha dejado Billy Wilder.

Muchos los consideran el rey de la comedia cinematográfica. Aunque estoy de acuerdo en que la comedia es el género en el que destaca, no podemos olvidar las incursiones en distintos géneros y las numerosas capas con las que impregna incluso sus mejores comedias. En la película analizada hay muchos temas que no invitan a la risa: abuso de poder, ambición sin límites, infidelidades múltiples, intento de suicidio… No podemos hablar de temas así con una sonrisa en los labios. Pero Wilder es demasiado avispado para añadir sentimentalismo a cualquier historia que no lo necesite. Más bien aprende a observar a los personajes, inocentes y granujas, desde una perspectiva cinética, desde la cual los ve en todo su esplendor y miseria, divirtiéndose con sus errores, estafas y chanchullos. Resumiendo: la naturaleza humana, tan despreciable como inherente. Un detalle importante es que Billy Wilder no decía a qué género pertenecía su película antes, durante ni después del rodaje. En una entrevista explicó que escuchaba a la gente los pases previos y estrenos; si reían mucho, entonces era una comedia. Así de simple.

El tema del abuso sería más deprimente si no nos diéramos cuenta de que Baxter no se atreve a enfrentarse a sus superiores; lo que, por otro lado, forma parte de su arco como personaje, pero la vejación no es mostrada con suficiente detalle para enervarnos. Lo que pensamos más bien es: “No me extraña que abusen de Jack Lemmon, si él mismo se deja”. Aunque, tanto Kubelik como Sheldrake se desarrollan a lo largo de la historia y ayudan a completar el arco del personaje de Baxter, él es el protagonista, su punto de vista es el de un perdedor y suya es la perspectiva a través de la cual vemos la película. Podríamos verla a través de la de Fran o el doctor Dreyffus, pero no la disfrutaríamos tanto.

Solemos recordar las historias por los personajes. Recordamos esta película por Jack Lemmon y su pobre señor Baxter. Recordamos “Ben-Hur” (William Wyler, 1959) por la intensidad dramática de la historia de Judá Ben-Hur, la cual sobrepasa la espectacularidad de la batalla naval o la carrera de cuadrigas. No nos encariñamos tanto con las tramas palaciegas y las conspiraciones internacionales de “Los tres mosqueteros” como con Athos, Porthos, Aramis, D’Artagnan y Constance. En “El apartamento” hay muchas cosas dignas de recordar, pero cualquiera incluye el nombre Baxter, Kubelik o Sheldrake.

La película ganó 5 cinco premios Oscar, incluyendo Mejor Guion, Mejor Dirección y Mejor Película. Solo algunas de las mejores obras del séptimo arte han logrado los tres premios principales. Algunas veces porque fueron importantes para su época y otras, porque los académicos sabían que tenían delante una pieza de arte que perduraría a lo largo del tiempo. No estoy seguro de si Billy Wilder era consciente, pero lo que sí sé es que se lo pasaba genial escribiendo y rodando. No fue un granuja como el señor Sheldrake, pero sabía divertirse. Por eso quienes trabajaron con él y quienes desearíamos conocerle disfrutamos tanto sus películas.

Para saber más, nos vemos en el apartamento 2A de West 67th Street.


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