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Responsabilidad y derechos


Editorial - Fuente: Alejandro Oya - 27/04/2020
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Las cosas están cambiando. El índice de defunciones y contagios ya no es tan alarmante como hace apenas un par de semanas. En varios países europeos el riesgo ha descendido considerablemente. Incluso en algunos como Italia y Francia han logrado frenar el contagio lo suficiente para permitir que sus habitantes salgan durante un tiempo limitado. Siguiendo con las normas de higiene y la distancia mínima entre personas, pueden salir a comprar y hacer deporte, sin exceder un radio máximo de un kilómetro. Con la debida responsabilidad, comenzamos a recuperar nuestros hábitos interrumpidos.

Todos deseamos volver a la normalidad cuanto antes. Lamentablemente, el tiempo que tardemos no depende de nosotros. ¿O quizá sí? ¿No hemos oído que una de las causas de la prolongación de la cuarentena ha sido el agravante número de contagios por negligencia? Y en cuanto a éstos últimos, ¿acaso no han sido fruto de las malas gestiones de la gente que debe quedarse en sus casas? ¿No se ha repetido hasta la saciedad que el hecho de quedarnos en casa es la mejor forma de no contaminarnos recíprocamente? Si el virus no encuentra un cuerpo en el que incubar, irá pereciendo poco a poco. Y cuando finalmente los valientes investigadores encuentren una vacuna eficaz, estaremos listos para hacerle frente de una vez por todas.

Prueba de que hemos logrado parte del objetivo es la decisión del gobierno de dar permiso a las familias con niños pequeños para salir a dar un paseo con ellos. No es fácil permanecer encerrado entre cuatro paredes, y menos para los retoños que necesitan salir a correr y jugar. Cabe decir que no todos los niños pueden gozar de juegos y sesiones de entretenimiento en sus hogares, lo que puede romper la harmonía durante el tiempo del confinamiento. Una de las peores sensaciones que he oído mencionar a la gente de mi alrededor es la de considerarse prisioneros en sus propias casas. Siendo conscientes de que no es una sensación sana ni agradable (menos aún para un niño pequeño), no debemos olvidar, empero, que hay gente que está presa de verdad. Encerradas en centros hospitalarios abarrotados de enfermos y personal médico, necesitadas de toda la ayuda posible, intentando sobrevivir en un ambiente que podría desmoralizar al más avezado. No es ningún consuelo, y menos para aquellos que han tenido que separarse de un familiar o amigo próximo, pero la mayoría tenemos suerte de estar confinados en nuestras propias casas.

Siento que nos hemos desviado del tema principal por este último rodeo reflexivo. El punto al que queremos llegar es: ¿por qué la gente se vuelve irresponsable en situaciones de extrema precaución? Desde este domingo pasado, los niños pueden salir a la calle siguiendo la llamada “regla de los cuatro unos”: acompañados de un adulto, durante una hora, hasta a un kilómetro a la redonda como máximo, una sola vez al día. Todo esto evitando cualquier contacto con quienes hagan lo propio en el mismo momento. Tras ver las fotografías difundidas por la red, parece que la mayoría no conoce la regla o, simplemente, no la sigue. Multitudes en la playa, pequeños grupos interactuando, familias enteras paseando con sus hijos. La “regla de los cuatro unos” ha sido eludida desde el primer día.

Según parece, seguimos sin ser conscientes de nada de lo que ocurre. El peligro no ha pasado, por mucho que hayamos avanzado. Tenemos que seguir los consejos de los investigadores, sanitarios y doctores que luchan por salvar la vida de todos y cada uno de nosotros. Al comenzar la cuarentena, mientras el temor hacía mella en los pronósticos, parecía que la gente comprara provisiones suficientes para vivir bajo un búnker y que el ansiado regreso a la normalidad sería lento y regular. Ahora, a algunos les parece tan súbito que los demás no podemos asimilarlo. Pero si no tenemos cuidado, podría llegar una segunda oleada de coronavirus, como ya han dicho algunos expertos. Si se da el caso, no será por una vacunación mundial tardía o errores cometidos por los gobiernos, sino por la irresponsabilidad de la población de a pie.

Si solicitamos al gobierno una salida diaria para pasear con nuestros niños y salir a correr, y finalmente conseguimos convertirla en un derecho, siguiendo la regla ya mencionada, será un logro por nuestra parte. No obstante, debemos responsabilizarnos de nuestras acciones consecuentes: no entablar contacto con otras personas, llevar la mascarilla y los guantes, no exponernos al aire libre más de una hora ni a más de un kilómetro de nuestro refugio. Mejor salir una hora diaria que volver a los primeros días de cuarentena, cuando parecíamos conejos asustados en la madriguera.

En vez de saltarnos las normas movidos por la impaciencia, podemos recoger firmas para solicitar al gobierno las mismas condiciones que tienen otros países, aun asumiendo ciertos riesgos. Por ejemplo, en Francia ha habido casos de marabuntas de “runners” que han obligado al gobierno a reforzar esta misma regla. Una oportunidad para sentirnos más libres se ha vuelto en nuestra contra. Exigimos un derecho que nos hemos ganado pero no asumimos la responsabilidad que conlleva. Hasta que no lo aprendamos, no estaremos cerca del fin de este tiempo de reclusión mundial. Si nos dejamos llevar por el ansia en la calle como por el miedo en los supermercados, nos convertiremos en el pez que se muerde la cola. Y lo peor de todo: tardaremos mucho más en salir de este berenjenal.

El deseo de salir, sumado a la llegada del buen tiempo (junto con algunas lluvias torrenciales), provoca más ansiedad de la que podemos soportar. También parece que hay una desilusión general, debido a la incertidumbre que hemos vivido durante el primer mes de confinamiento, cuando el gobierno dictaba cada semana una nueva fecha para el fin del confinamiento. Así pues, podríamos resumir que en dos palabras el motivo del descontento y la repentina oleada de desacato: mala gestión. Ni los dirigentes ni muchos de los ciudadanos nos hemos portado de manera ejemplar.

Según parece, también nosotros, los ciudadanos de a pie, nos tenemos que educar unos a otros, pensando en el bien común y en lo poco que tenemos que aportar para darle forma, en lugar de planear egoístamente cómo nos saltaremos el confinamiento sin que se entere nadie. Hablo tanto de los que han salido de casa haciendo caso omiso a la famosa regla como a aquellos vecinos que dejan notas en ciertas puertas. No hay que trabajar en ningún sector alimentario o sanitario para imaginar cómo deben sentirse quienes pueden seguir trabajando a costa de exponerse al contagio. Eso es lo que no entienden los que escriben notas anónimas pidiéndoles que cambien de domicilio para no contagiar al resto. Ni siquiera con ellos tienen empatía. Por ello, desde aquí, deseamos enviar nuestro apoyo a todos los valientes que se arriesgan en nombre del beneficio colectivo. Ellos son quienes hacen que en este tiempo oscuro prevalezcan los pequeños rayos de luz.

Esto aún no ha terminado. Nos quedan unos días antes de cruzar el primer umbral hacia el nuevo horizonte. Pero el camino puede cambiar de ruta en cualquier momento. Entonces, hagamos un buen uso de nuestros derechos, tomemos la responsabilidad de pensar en los demás tanto como en nosotros mismos y hagamos que todo este tiempo no resulte en vano. No podemos asegurar cuándo llegará, pero de nosotros depende cómo lo hará.


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