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El lugar de Internet


Editorial - Fuente: Alejandro Oya - 07/05/2020
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Pronto, esta congoja terminará. Al menos, habremos pasado la primera fase del plan contra la pandemia. Cómo proseguirá durante los próximos meses, dependerá tanto de nuestro comportamiento como de las medidas acordadas para evitar una nueva propagación. No hemos reaccionado a tiempo ni acatado todas las normas de seguridad recibidas, pero ahora debemos ser conscientes de todo lo que implica: más días de confinamiento, medidas drásticas para detener la propagación y posibles nuevos brotes del virus. No solo en España, sino en el resto del mundo. Por ello, las fronteras seguirán cerradas y no habrá viajes internacionales durante el próximo verano. Aún no estamos seguros. Esto no ha terminado.

Al margen del impacto económico, que sabemos que no será delicado, el impacto social que generará la vuelta al mundo exterior y a las relaciones sociales también tendrá que ser asimilado, sólo que con más prontitud. Deberemos volver gradualmente a nuestras rutinas, recuperar el tiempo perdido y trazar un nuevo rumbo. Volveremos a ver los rostros y escuchar voces que ya no lográbamos recordar bien. Pondremos en práctica las ideas que hemos incubado durante estos días, nos reuniremos con la gente a la que hemos llamado para preguntar por su seguridad, aplicaremos algunas de las lecciones aprendidas y, tal vez, empezaremos a experimentar cambios cuyo origen se encuentran en las reflexiones de esta cuarentena. Como la que vais a leer ahora.

A comienzos de esta semana, me di cuenta de que los ciudadanos del siglo XXI tenemos la fortuna de gozar de una de las mejores herramientas creadas por la Humanidad: Internet. La red comunitaria por la que circula toda la información que contiene el mundo. Estoy seguro de que sin semejante invento que ha cambiado el rumbo del mundo, como hiciera en su momento la imprenta, estos dos meses de confinamiento hubieran sido muchísimo peor.

Tratemos de imaginar cualquier cuarentena durante las épocas anteriores al nacimiento de Internet, la televisión e incluso la radio. La soledad debía ser más dolorosa, la resistencia más flaca y la ansiedad mucho mayor. Pensemos, por ejemplo, en la ciudad de Londres asediada por la peste en 1665. ¿Cómo nos enfrentamos a una amenaza que no podemos ver, contra la que apenas podemos luchar y que no sabemos cómo combatir? Las pérdidas fueron mucho mayores y la desolación parecía una maldición que los sumaría en el infortunio durante mucho tiempo. En la epidemia que nos ha tocado vivir, hemos tenido la fortuna de sentirnos más seguros en nuestros hogares, aunque no hayamos estado exentos de momentos de debilidad, arriesgándonos a volvernos locos. A todo ello han contribuido los inventos que nos han ayudado a conservar la serenidad y a estar bien informados de la evolución de los acontecimientos.

Internet nos ha dado más herramientas de las que podíamos imaginar cuando nació. Hemos hallado piezas de arte que nos han ayudado a sobrevivir a la rutina vacía. Nos permite comunicarnos con nuestros seres queridos, tanto con quienes vemos cada día como aquellos a quienes no veíamos desde hace tiempo. También nos ofrece una ventana al mundo exterior: nos cuenta qué noticias llegan, qué medidas están tomando los profesionales y qué consejos debemos seguir para no contarnos entre el número de los infectados. Podemos decir que nos ayuda a conservarnos sanos y salvos. Incluso, gracias a los avances de la conectividad, muchísimas personas pueden seguir trabajando desde casa, realizar cursos online, dedicar más tiempo a sus “hobbies” y aficiones o leer artículos sobre recomendaciones artísticas. Hasta aquí, todo son ventajas y facilidades.

Internet volverá a cambiar la sociedad muy pronto, si no ha empezado a hacerlo ya. Muchos de los trabajos que se pueden hacer vía online, se harán así de forma oficial. La mayoría de las personas deberá acostumbrarse a emplear programas informáticos para ejercer su profesión, ya que la pantalla se volverá un nuevo medio de interacción y un campo en el que cultivar los frutos de nuestra cosecha. Una nueva época nacerá con nuevas costumbres. La cuestión es si estas costumbres son tan útiles como otras que pervivían hasta ahora. Me explicaré: si Internet se convierte en el principal medio de trabajo, ¿qué será de aquellos de quienes no dependen exclusivamente de él?

Hay cosas que no pueden hacerse desde un ordenador: reparar un coche, arreglar el jardín, construir una casa, pintar un cuadro… No nos sirve una pantalla y un micrófono para hacer todo eso. Nos tenemos que valer de nuestras manos, nuestro instinto, nuestros cinco sentidos y nuestro conocimiento del material, el proceso o el producto final. No vamos a desestimar Skype cuando nos brinda la oportunidad de ver y hablar con una persona querida a kilómetros de distancia, pero no se puede comparar con el tacto de una mano, el sonido directo de su voz, el color de sus ojos frente a un haz de luz y la sensación de tener un rincón propio para compartir con esa persona.

Internet ya forma parte de nuestra vida. Y seguirá evolucionando con nosotros. Lo que no debemos permitir es que se apodere de todo cuanto toca. Si finalmente se instaura la validez del teletrabajo, también deberá aprobarse la desconexión digital. Esta es la cara oscura de la informática: se está adueñando de todos los ámbitos. El trabajo, el arte, la comunicación, el ocio, la educación… Todo queda tan homogeneizado que parece que ya no podemos separar el producto del medio.

Según un estudio publicado recientemente por Bloomberg, los trabajadores españoles, franceses y británicos han incrementado el teletrabajo en dos horas más. En Italia no ha habido modificaciones y en Estados Unidos han llegado a añadir tres horas. Al estar encerrados en el mismo espacio todo el día y emplear el mismo medio informático tanto para trabajar como para entretenernos, la frontera entre el trabajo y la vida privada ha quedado desdibujada. Este es un riesgo que ya nos encontramos con la creación de los teléfonos móviles. Ya conocemos los límites y el precio a pagar. Si volvemos a tropezar con la misma piedra, solo demostraremos que no hemos aprendido nada y tendremos que volver a empezar. Ya hemos aprendido varias lecciones durante las últimas semanas; creo que no está de más, a partir de ahora, ser previsores en otros ámbitos de nuestra vida.

Al fin y al cabo, Internet es un invento más con sus ventajas y sus inconvenientes. Lo importante es aprenderlo a utilizar, a no dejarnos dominar por él y a preservar nuestra independencia. Si dependemos exclusivamente de un medio concreto para hacer algo, cuando no lo tengamos no sabremos qué hacer. Ahí reside nuestra auténtica ventaja sobre las máquinas: el ingenio y la habilidad de improvisar. Nuestros inventos son canalizaciones de nuestras ideas, no al revés.

El único elemento que siempre perdurará a pesar de los muchos vaivenes de las diversas sociedades será el factor humano. Este el punto en común. Los creadores y consumidores de este gran invento son quienes marcan la diferencia entre el monopolio y el gremio. La sociedad es un reflejo de la condición humana, como la obra es un reflejo del artista. Es la parte esencialmente humana lo que cuenta, la naturaleza de la que parte, como importa más el escritor que la pluma o el libro más que el formato.

Qué extraña contradicción encuentro ahora: hablo de las ventajas y peligros de Internet, pero estoy empleándolo para hacer llegar mis reflexiones. Parece que se trata de eso: saber utilizarlo bien. El contenido importa más que el medio. Y la persona que hay al otro lado de la pantalla, más que el modelo del ordenador. Y todos juntos, efímeros habitantes de este planeta, valemos más que los inventos que nos sucederán.


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