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Ese pequeño rincón llamado hogar


Editorial - Fuente: Alejandro Oya - 20/04/2020
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“El palacio del lector es más duradero que cualquier otro. Sobrevive a los pueblos, las culturas, los cultos, hasta al lenguaje mismo. Terremotos y guerras no lo hicieron vacilar, ni siquiera incendios de bibliotecas, como el de Alejandría. Aldeas, mercados, coliseos, rascacielos crecieron alrededor de él y se desvanecieron, como si la lluvia los disolviera. La puerta permanece abierta para el mundo mágico”. Ernst Jünger, “El autor y la escritura”

Los últimos días se han convertido en un tiempo de redescubrimiento y regreso a mis orígenes. Puede que haya sido la primavera la que me ha conducido por ese sendero. Es un tiempo de renovación, cuando la nieve se ha derretido y las plantas vuelven a vestir sus mejores galas. También es tiempo de lluvias que llegarán cuando menos lo esperemos. Entonces será cuando nos guareceremos y aguardaremos o aprenderemos a bailar bajo la lluvia. La lluvia y el sol, el agua y el fuego, el llanto y la euforia. La soledad y la compañía: irreconciliables y análogas. Una montaña de dos picos. Este ha sido el redescubrimiento que he hallado en compañía de ciertos amigos que me han acompañado durante la cuarentena: los libros y las películas.

Las historias sobreviven a quienes las crean y cuentan. Perviven hasta convertirse en una parte del mundo, una tierra maravillosa que nadie ha llegado a explorar en su totalidad. Y varios de quienes la conocen han hallado rincones que los demás no han encontrado, cosas que nadie creería y sonidos desconocidos e indescriptibles. Nos cuentan lo que muchos han olvidado, hablan de personas que desearíamos haber conocido, lugares que no pertenecen a este mundo, rostros y voces que cada uno interpretará de distintas formas… Mundos desconocidos a los que nos hemos adentrado alguna vez.

La costumbre de rodearnos de historias, nombres, ideas, lugares y eras distintas de las nuestras nos permite gozar de una visión más amplia de cuanto nos rodea. Pero esas experiencias no pueden quedarse en mero conocimiento, que no sirve de mucho si no se pone en práctica; nos otorgan un lugar propio construido con las palabras, imágenes y sonidos que nos acompañan adonde vamos. A veces se empequeñece, se fractura y divide, y entonces, para encontrar lo que necesitamos debemos recorrer los palacios de la memoria (según la deliciosa metáfora de San Agustín de Hipona). Con un punto de ironía, podemos presumir de poseer un palacio para nosotros solos.

La palabra “hogar” definida como lugar en que te sientes acogido o donde vives, proviene del mismo término latino para decir “hoguera” (“focus”, de donde deriva “fuego”). Así pues, podríamos considerar que una hoguera alrededor de la cual se junta un número de personas, sean o no de la misma sangre, ya es un hogar. El lugar donde cada persona puede sentirse acompañada, incluso si está sola. Un proverbio que leí hace tiempo (no recuerdo dónde y desconozco la fuente, lo lamento) decía que “si te sientes solo cuando estás solo, significa que estás mal acompañado”. En mi caso, las historias han sido mi hoguera y las personas que agradezco conocer, mis acompañantes del círculo. Ojalá este texto se convierta también en una pequeña fuente de fuego.

Fueron esas historias las que me llevaron por el camino de las letras, del ansia de saber, del afán de hacer proezas y hazañas. Por ello las conservo como pedazos de mi alma. Sin ellas yo no sería el mismo. Y ahora que he encontrado un momento para volver a ellas, me doy cuenta de lo mucho que echaba de menos escucharlas y leerlas. Recuerdo cómo brotaba la semilla, mientras crecía el árbol, cuando no sabía qué flores o frutos daría. Qué curioso… Estoy recordando un tiempo que no parece real, y sin embargo sé que existió. Menuda paradoja. No parece muy distinta de la del tiempo que no existió y sin embargo recordamos. Ahora que lo pienso, un compañero de letras dijo una vez que leemos para vivir otras vidas distintas de las nuestras. Tal vez sea el recuerdo de esas vidas lo que nos infunde a seguir con la nuestra. A hacerla digna de ser leída, vista y escuchada por más gente. En otras palabras: convertir la vida en arte. ¿Será este el culmen de todo creador?

En cuanto a nuestros paraísos imaginarios, hemos visto que muchos surgen de otros que les han precedido. Ninguno ha sido creado en balde; su mera existencia es una victoria para su creador. También pueden ser compartidos con otros creadores, puesto que todos poseemos un lugar secreto. En nuestra mente, entre nuestros lugares comunes, incluso en un objeto vulgar y corriente, podemos alcanzar un lugar al que no podemos llegar más que con nuestra mente. Basta una chispa para provocar un incendio. Con solo mirar el horizonte al ocaso, podemos pensar en los viajeros que se aventuraron a viajar hacia donde incluso el sol perdía su luz. Como Marcel Proust recordó un tiempo dichoso y perdido al probar un solo bocado de una magdalena. Ante esta sensación, nos sentimos como si contempláramos la torre de Babel observando un ladrillo de la base. O mejor aún, empleando la metáfora borgiana del Aleph, como si observásemos el Universo entero desde un rincón oscuro.

Todos necesitamos un lugar al que volver. Los 40 ladrones escondían sus tesoros en una cueva cuya entrada se abría y cerraba con unas palabras mágicas. Superman encontró en la Fortaleza de la Soledad un lugar donde refugiarse, pedir consejo y cuidar de cuanto tuviera valor para él. Las palabras que representan mejor a Virginia Woolf son “una habitación propia”, un lugar exclusivo para la creación, un templo al que solo puede entrar quien está preparado, un derecho para una escritora. Algunas personas lo guardan tan celosamente que lo esconden donde incluso ellas no pueden encontrarlo. Allí comienza una nueva hazaña: recuperar su propio reino.

Me da la sensación de que la búsqueda de ese microcosmos es interminable. También me parece que, si en algún momento termina, ya no volveremos a ser los mismos. Como la oruga que necesita encerrarse en la crisálida para convertirse en mariposa. Quienes saben lo que es arrastrarse por el suelo aprenden antes a volar. Sigamos volando por nuestros propios cielos, mares y bosques. Allí donde todo tiene un por qué sin importancia, donde no hay principio ni fin, y donde descubrimos que todos los dioses, paraísos y avernos están dentro de nosotros.

Y ahora contadme: ¿qué otros rincones conocéis que os guarden y os acojan cuando necesitáis ir a un lugar que solo vosotros conocéis?


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