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¿Qué pasa con las artes y la cultura?


Editorial - Fuente: Alejandro Oya - 15/04/2020
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Ya hemos cruzado el Ecuador del confinamiento. Salvo que haya una nueva prórroga, en un mes ya podremos empezar a salir a la calle. Hay personas que ya han vuelto a sus respectivos trabajos, con ciertos límites y normas especiales, pero ya han podido entablar contacto con los rostros y las voces que habían desaparecido de su vista. Esta señal, aún débil, es una imagen que deseábamos contemplar desde los primeros días de cuarentena. Este es el primer paso para recuperar poco a poco nuestro lugar. Mientras esperamos al siguiente paso, quiero aprovechar para hablar de algunos de los sustentos de los que más hemos gozado estos días: las artes y la cultura. Puesto que es mi especialidad, me gustaría reflexionar hoy sobre cómo nos están ayudando a superar y aprovechar este periodo de tiempo.

Hace apenas unos días (del 10 al 11 de abril, concretamente) la Asociación de Actores y Actrices convocó una huelga cultural en la red como protesta por las medidas con las que el ministro de Cultura y Deporte José Manuel Rodríguez Uribes parece condenar su propio sector. ¿El motivo principal? No ofrecer recursos específicos para los trabajadores y representantes de las artes y la cultura como a los que han podido acceder otros sectores. Somos conscientes de que en España no es primordial este mundo, pero ahora mismo es el único que ayuda a mucha gente a conservar su espíritu sereno.

Nadie niega la urgencia de ofrecer los recursos necesarios a los sectores de Sanidad y de Alimentación para cuidar de los infectados y ofrecer servicios mínimos a los confinados. Pero si nos ofuscamos y no vemos más allá del abismo, no encontraremos el camino de vuelta a casa. Un libro pendiente de leer, un rodaje pospuesto o un concierto interrumpido tienen un trasfondo común: tienen que ser retomados en algún momento. Nosotros también hemos de volver a nuestros cauces cuando la tormenta remita para sacar adelante el rincón del mundo en que vivimos. Incluida la industria del arte, espectáculo y entretenimiento. Es más, podríamos decir que sigue en activo en medio del caos.

Pensemos: ¿acaso no seguimos leyendo libros, viendo películas y series y escuchando música? Seguimos buscando respuestas, recordando tiempos mejores, enfrentándonos a nuestros miedos, riendo y llorando, recorriendo lugares que no conocemos con personas y seres que no existen. ¿No es así? Entonces, si gozan de los mismos derechos, ¿por qué sus propios defensores y abastecedores no los tienen en consideración?

Todos los espectáculos y museos han permanecido cerrados desde antes del estado de alarma, en parte para evitar la aglomeración de multitudes, uno de los principales focos de infección masiva. Aunque no se mantengan, no pueden subsistir durante el confinamiento sin las ayudas que el Ministerio ofrece en casos similares. Ese es uno de sus deberes: conceder ayuda para que pervivan durante los años de las vacas flacas hasta que vuelvan tiempos mejores. ¿Cuál sería el motivo de su existencia, si no?

Lo único que los artistas piden es ser tratados con la misma equidad que los compañeros de distintos sectores. Que su labor no caiga en saco roto ni sean marginados por sus propios mecenas y aliados. Ya hemos hablado muchas veces en otros artículos que el factor humano es primordial, así que no insistiré. Si tan solo pudiéramos vernos nosotros, trabajadores y directivos, artistas y empresarios, jóvenes y mayores, como tripulantes del mismo barco, cuyo perfecto estado depende del cuidado de cada una de las partes, quizá aprenderíamos a navegar en medio de las olas embravecidas.

Necesitamos arte, en menor o mayor medida, pero sin él no somos los mismos. El día que no lo necesitemos habremos creado un mundo perfecto. Pero como eso es una utopía, y las utopías son imposibles, seguiremos necesitando arte. Cuando todo termine, seguiremos buscando formas de encontrarle sentido a lo que hemos vivido. Para eso nos sirve el arte: para separar el oro de la arena, encontrar los diamantes del carbón, aprender a centrarnos en lo mejor que encontramos en cualquier historia, experiencia, sentimiento u objetivo. Y lo mejor de todo es que dentro de mucho tiempo, cuando estos días formen parte del repertorio de “batallitas del abuelo” para las futuras generaciones, el arte se habrá encargado de darles la forma por la que los reconoceremos y recordaremos..

Recapitulando los hechos acontecidos, nos hemos dado cuenta de varias cosas: la sanidad pública es primordial e imprescindible; la cultura y el arte nos acerca a lo que no podemos alcanzar por los demás medios; lo que nos salvará cuando llegue cualquier obstáculo no será el dinero sino la fraternidad. Tal vez, cuando todo haya pasado, no pensaremos tanto en el dinero que hemos perdido sino en las costumbres que habremos recuperado y las lecciones que habremos aprendido.

Si me permitís, terminaré con un poco más sarcástico, tratando de imitar al inigualable Oscar Wilde. Soy de esas personas que creen que superamos la realidad gracias a la ficción. ¿De dónde sino de obras sobre el fin del mundo hemos sacado esa idea de desbocarnos en los supermercados? ¿Cómo hemos identificado las diferentes fases de la pandemia sin las lecturas de Tucídides y Albert Camus? ¿Quién no ha temido encontrarse a los zombis de “The walking dead” mientras salía a hacer la compra? ¿Habéis esbozado una sonrisita mientras leías esto? Con eso me doy por satisfecho. Espero que vosotros también.

Cuando todo esto termine, no faltarán novelas, cuentos, canciones, películas y series sobre estos acontecimientos increíbles. Porque la vida sigue. “The show must go on”.


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