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Especial Coronavirus: Boccaccio, las historias y un pedacito de cielo


Editorial - Fuente: Alejandro Oya - 26/03/2020
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Ya nos encontramos en la segunda semana de confinamiento. Y desde que comenzó, hemos visto cómo han evolucionado los acontecimientos de la epidemia. Sin una vacuna patentada oficialmente ni esperanzas de que el virus vaya a remitir hasta que llegue el calor, solo podemos evitar que no se pierdan más vidas humanas por contagio indebido. Por ello se ha insistido tanto en no salir a la calle salvo para reponer provisiones o acudir al hospital por una urgencia. Incluso en estos casos, se recomienda ir solo, ni siquiera en pareja. Como se suele decir: toda precaución es poca. Sabemos que es una situación difícil, pero desde aquí nos gustaría comunicar a nuestros lectores que debemos impedir que nos invada el pánico, seguir las indicaciones de higiene de los profesionales y ser pacientes.

Haciendo un repaso a las últimas noticias, en China ya controlan la situación y el número de infectados disminuye. En Italia siguen sufriendo las mayores pérdidas. En España no hay muchas novedades, salvo que la población empieza a estar cansada del confinamiento. No es para menos, pues hay familias que no gozan siquiera de un balcón con el que salir a respirar a la calle, contemplar un paisaje y, tal vez, establecer contacto visual y entablar una conversación con los vecinos que se encuentran la misma situación. Este es el punto de partida del texto que presentamos hoy.

No podemos obviar que una cuarentena (que tal vez se prolongue hasta los 40 días oficiales) no es un tiempo de vacaciones, y no todos los hogares disponen de las ventajas mínimas para no caer en la apatía o el tedio, en especial si tienen niños pequeños. Por ello, para mitigar un poco la ansiedad y ofrecer una pequeña ventana imaginativa, vamos a hablar hoy de un texto escrito a la luz de unos acontecimientos mucho más terribles hace más de 500 años. Además, el autor es italiano, lo que lo convierte en un pequeño rayo de luz para su patria, que vuelve a atravesar tiempos muy difíciles. Ojalá este mensaje llegue a los ojos de sus compatriotas, para que comprendan que, aun en tiempos tan terribles, existen espíritus despiertos que saben hacer frente a la situación en que viven.

Poneos cómodos y escuchad atentamente. Vais a conocer la historia de Giovanni Boccaccio y su obra magna: El Decamerón.


Capítulo I: Poetas en tiempos oscuros

Antes de conocer las virtudes de la obra, debemos conocer el contexto histórico y el momento vital del autor. Giovanni Boccaccio (1313-1375) fue un poeta, novelista y diplomático florentino, figura exponencial del Humanismo italiano. Su etapa de formación se desarrolla entre las cortes de Florencia y Nápoles, donde realiza varias misiones comerciales. Allí entabla contacto con artistas y eruditos que le introducen en la poesía amatoria y, en especial, en los poetas del “dolce stil novo”, como su admirado Petrarca, a quien tendrá el honor de conocer años más tarde.

La vida feliz de la corte hace mella en el joven Giovanni, que decide encomendarse desde entonces a las letras. Comienza a componer versos amatorios, como los que dedicó a María de Aquino, a quien llama “Fiammetta” (Llamita). A este mismo amor (no correspondido finalmente) debemos la composición de la primera obra destacable de Boccaccio: “Filocolo” o “Filopono”, que significaría “Penas de amor”, un esbozo de novela culta que demuestra la habilidad de Boccaccio para definir la psicología de los personajes, recurso sobre el que se asentará la novela moderna.

Su siguiente obra, la “Elegia de madonna Fiammetta”, nacida del despecho amoroso de María en 1343, crea un nuevo eslabón literario al invertir los papeles: Fiammetta es abandonada por su amado Pánfilo, alter ego de Boccaccio. La historia real se convierte en una pieza de arte dirigida bajo la tutela del autor. Este es un adelanto de lo que encontraremos pronto en su gran obra: los personajes quedan definidos bajo una mirada crítica y atenta de un narrador que no juzga los motivos de sus actos, pero no se permite el gusto de edulcorarlos, censurarlos o escusarlos. Esta es la nueva puerta literaria que abre nuestro autor.

Años después, concretamente en 1347, Europa es infestada por una plaga que acabará con un tercio de toda la población. No realizaremos aquí un estudio atento de la epidemia como el que dedicamos a la peste de Atenas, porque el objetivo no es esclarecer sus orígenes, sino buscar un refugio que nos permita hacer frente a la que nos está azotando en el tiempo presente. Tal y como hace Boccaccio a través de su pluma.

A mediados del siglo XIV, la muerte campa a sus anchas, sin reparar en el daño que inflige ni a quienes. En esa misma época, Petrarca pierde a su amada Laura, a quien amaba con amor puro y platónico. En cuanto a Boccaccio, aunque fue rechazado por su amada María, su recuerdo revive ante el desolador escenario en que se ha convertido el mundo: aparecen cadáveres en cualquier parte como hojas que caen de los árboles. En las casas, los palacios, las iglesias, los talleres y las posadas resuena el canto lúgubre del esqueleto de la guadaña. En medio de este tétrico panorama, lejos de dejarse abatir, Boccaccio compone su gran comedia humana titulada “Decamerón”.


Capítulo II: Un confinamiento placentero

Esta es la premisa del “Decamerón”: mientras la peste negra causa estragos por la ciudad de Florencia, un grupo formado por siete damas, tres varones y sus respectivos criados y doncellas se reúnen en una villa donde se refugiarán de cualquier contagio y se entretendrán durante los próximos días. Para ser más exactos: 10 personajes narrarán 10 historias diarias durante 10 jornadas. De ahí el título de la obra, formado por las palabras griegas “deka” (diez) y “hemera” (día).

Comencemos con una escueta presentación de los personajes. Por un lado, las damas y sus doncellas: Pampinea y Misia; Fiammetta y Strattilia; Filomena y Licisca; Emilia, sin doncella; Laurita y Quimera; Neifile, sin doncella; Elisa, sin doncella. Por otro lado, los varones y sus criados: Pánfilo y Sirisco; Filostrato y Tíndaro; y Dioneo y Parmeno. Cada personaje posee un nombre que define su carácter, estilo recurrente de la novela bizantina, el teatro y la poesía.

Pampinea, el personaje principal de todo el relato, se da cuenta de que la ayuda que ofrecen ella y las damas a los necesitados es insuficiente, por no hablar del riesgo que corren al permanecer expuestos a los cuerpos de las víctimas. Desalentada por la pérdida de sus seres cercanos, de la soledad que siente al volver a su casa y cansada de contemplar la muerte allá donde posa la mirada, propone a las damas que se encuentran en su misma situación una alternativa: marcharse juntas a una villa donde residan durante unos días, a fin de evitar que la depresión les arrebate la poca alegría que conservan. Justo al marcharse, aparecen tres jóvenes varones a los que invitan a unirse a su pequeña corte, a fin de sentirse acompañadas y protegidas por mozos robustos y bien dispuestos. Si grata es la compañía, grata será la velada.

De este modo comienza el confinamiento voluntario. Tengamos presente que lo que persiguen no simplemente sobrevivir a la peste, ya que no hay garantía de que no llegue hasta la villa; lo que nuestros personajes persiguen es hallar respiro, consuelo y alegría hasta que termine la epidemia contra la que no pueden hacer nada. Siguiendo la estela de obras clave de la literatura cuentística como “Las mil y una noches” o “El conde Lucanor”, la obra de Boccaccio compone una historia principal con unos protagonistas concretos, que conviven día a día mientras transcurren unos acontecimientos que ponen a prueba su resistencia, fortaleza, espíritu y paciencia. Mientras el gran conflicto tiene lugar, los personajes nos narrarán historias diversas, con otros personajes y otros desafíos, para amenizar y alegrar nuestras horas de cuarentena. Con ellos reiremos hasta desternillarnos, nos enfrentaremos a seres de este y del otro mundo y desafiaremos a la Muerte haciendo algo que parece que solo a ella le está permitido: burlarnos sin miramientos de todos los estamentos sociales, pues a nuestros ojos son todos de carne y hueso.


Capítulo III: Nuestros propios Decamerones

A día de hoy, el “Decamerón” es una de las obras maestras de la literatura universal y uno de los mejores ejemplos de literatura humanista. Recordemos que Boccaccio forma parte, junto a Francesco Petrarca y Dante Alighieri, de la que podríamos llamar la “trinidad del Humanismo italiano”. Las obras maestras de estos autores se instauran en la visión antropocéntrica que guía el pensamiento de la Baja Edad Media hasta consolidarse y abrir una nueva era: el Renacimiento. Permítasenos resaltar el nexo más importante de los poemas a Laura, la “Divina Comedia” y el “Decamerón”: los personajes principales buscan un camino a través de las tinieblas para preservar o recuperar una parte de su alma. Petrarca inmortaliza a su amada Laura, víctima de la peste negra, a través de unos versos hermosos como ella; Dante recorre el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso en busca de Beatriz; los personajes de Boccaccio narran historias dispares, increíbles, jocosas y críticas para espantar los fantasmas que les acechan por doquier.

Todos estos personajes son conscientes de algo muy importante: la vida es finita, pero la suya no ha terminado aún. Quienes ya han fallecido se reunirán en el lugar que les corresponde, pero ellos aún tienen una vida por delante que no están dispuestos a perder. He aquí otra de las claves del pensamiento humanista: todos moriremos y cada uno responderá ante Dios cuando llegue el momento; pero hasta entonces, debemos hacer lo posible por hacer de esta vida un recuerdo digno.

En la actualidad, para hacer frente a estos días, gozamos de muchos libros, películas, series y discos, en formato físico y digital, incluso con acceso gratuito. Nunca como ahora hemos tenido tanto con lo que disfrutar, y este es un momento idóneo para dedicarnos a cuidar de nuestro propio bienestar anímico, como en la corte de Pampinea. No debemos olvidar que esta reclusión es necesaria para impedir que el mal al que aún no logramos derrotar siga haciendo estragos. Pero algo igual de importante es conservar la fuerza que necesitamos para seguir adelante una vez que todo haya terminado. Y para ello, nada mejor que leer y ver obras de toda índole, sobre seres reales fascinantes, acontecimientos increíbles en lugares que no existen (y deberían), escuchar la música que nos marcó en nuestra época más feliz y mirarnos unos a otros como compañeros de la corte de los tesoros humanos. Como la obra de nuestro autor humanista.

Concluiremos con otro mensaje alentador para nuestros posibles lectores italianos: el lugar en el que viven ha sido la cuna de la civilización romana, la capital del Cristianismo occidental, la cuna de pintores, poetas y dramaturgos que trazaron nuevas escuelas artísticas y el “locus amoenus” de muchos exploradores y viajeros de todo el mundo. Incluso después de sufrir los estragos durante la Segunda Guerra Mundial, logró salir adelante, aun a marchas forzadas. Y un artista reconocido como Roberto Benigni, cuyo entusiasmo surgió de vivir en pobreza toda su infancia, llegó a escribir, producir, dirigir y protagonizar una película (“La vida es bella”, 1999) acerca de un cómico italiano de origen judío que transforma un campo de concentración en un campamento de verano a ojos de su hijo pequeño. Sobra hablar acerca del poder de las historias: ellas hablan por sí mismas.

Y como broche de oro, descubriréis por qué no se me ocurre mejor forma de definir la empresa que persiguen Bocaccio, Pampinea y Benigni que con este verso de Lope de Vega:

“Creer que el Cielo en un Infierno cabe” (Rimas, soneto CXXVI).


Imagen: “Una historia del Decamerón” de John William Waterhouse (1916)


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